A lo largo de su dilatada experiencia, el nombre de Ballester ha estado ligado a iniciativas que adelantaron un escenario que hoy ya parece inevitable. Desde el Colectivo de Educación Ambiental de la Región de Murcia en los años ochenta hasta proyectos con marcado acento internacional como África Solar o Cuba Solar, su trayectoria revela una constante: la energía solar como palanca de equidad y transformación social.
Esa línea de trabajo se intensificó cuando asumió la presidencia de la Fundación Desarrollo Sostenible, desde la que impulsó campañas que contribuyeron a popularizar conceptos que hoy forman parte del vocabulario social, como la autosuficiencia energética, el autoconsumo compartido o la gestión hídrica vinculada a energías limpias. Y es que gracias a programas como Corta los Cables, Riega con el Sol o los sistemas de reutilización de aguas pluviales, Ballester acercó la transición ecológica a hogares, colegios y municipios que buscaban soluciones prácticas más que discursos programáticos.
La revolución de los tejados
Pero el salto definitivo llegó con el auge de las comunidades energéticas locales. En los últimos años, Ballester ha sido una figura clave en la creación de estas organizaciones en numerosos pueblos murcianos -de Beniel a Águilas, de Los Alcázares a Abarán- hasta desembocar en la constitución de la Federación de Comunidades Energéticas de la Región de Murcia, un hito colectivo que sitúa al territorio como referente nacional en participación ciudadana aplicada a la energía limpia.
Las comunidades energéticas representan una revolución silenciosa, ya que permiten que tanto vecinos, como pymes y administraciones locales compartan los frutos de las instalaciones solares, reduzcan facturas y produzcan localmente la electricidad que consumen. Y es que no solo democratizan la energía, sino que fortalecen el tejido social y económico de los municipios. En palabras del propio Ballester, recogidas por la UMU, la educación sigue siendo "la herramienta más poderosa para transformar la sociedad y proteger nuestro entorno".
El reconocimiento que recibirá el próximo 11 de diciembre en la Facultad de Educación no es únicamente un homenaje individual, también actúa como termómetro de un cambio cultural. La transición energética deja de ser un ámbito restringido a ingenieros o grandes empresas y se convierte en un proyecto compartido donde los ciudadanos son los protagonistas. La labor de Ballester, tejida durante décadas y siempre con un pie en la educación y otro en la acción comunitaria, es un recordatorio de que las renovables no avanzan solo con paneles solares, sino con personas.
El caso de Murcia demuestra que la transición ecológica puede tener acento local, rostro humano y raíces profundas en el territorio. Ese es quizá el mayor logro de Emilio Ballester: convencer de que el sol es una oportunidad común más que un recurso, y que la sostenibilidad no es un horizonte lejano, sino un camino que empieza al abrir la puerta de casa.
