El anuncio, confirmado por el consejero de Transición Ecológica y Energía del Gobierno de Canarias, Mariano Zapata -que ha destacado que los estudios superficiales previos apuntan a una probabilidad de éxito superior al 60%- supone el inicio de una perforación que alcanzará los tres kilómetros de profundidad y que permitirá validar los indicios mediante datos directos del subsuelo.
Los trabajos están siendo ejecutados por la sociedad Energía Geotérmica de Tenerife, integrada por el Cabildo de Tenerife, el Instituto Tecnológico y de Energías Renovables (ITER), el Instituto Volcanológico de Canarias (Involcan), la compañía energética DISA y la firma islandesa Reykjavik Geothermal.
La participación de la empresa nórdica no es casual, ya que Islandia es una referencia mundial en el aprovechamiento de la energía geotérmica para producir electricidad y calefacción urbana, un modelo que Canarias observa con atención dadas sus similitudes geológicas: ambos territorios comparten un origen volcánico y un subsuelo potencialmente rico en calor.
Más de 100 millones de euros para explorar el subsuelo
El impulso financiero también es significativo. Según ha explicado Zapata, las islas de Gran Canaria, Tenerife y La Palma cuentan con más de 100 millones de euros en subvenciones concedidas por el Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía (IDAE) para proyectos de geotermia profunda. De esa cifra, más de 50 millones corresponden a La Palma, que tras la erupción volcánica de 2021 ha intensificado la exploración de recursos energéticos ligados a su actividad magmática.
El respaldo económico busca reducir uno de los principales obstáculos de la geotermia profunda, el riesgo inicial, ya que perforar varios kilómetros sin garantía absoluta de encontrar el recurso térmico adecuado implica costes elevados. Sin embargo, si el sondeo confirma temperaturas y caudales suficientes, el retorno energético puede ser estable durante décadas.
Un nuevo pilar renovable para el mix energético canario
Actualmente, el sistema eléctrico de Canarias depende en gran medida de combustibles fósiles importados, lo que encarece la generación y aumenta las emisiones. La eólica y la fotovoltaica han crecido de forma sostenida en los últimos años, pero presentan intermitencias ligadas al viento y al sol. La geotermia, en cambio, ofrece una ventaja estratégica, porque produce energía las 24 horas del día, independientemente de las condiciones meteorológicas.
En términos técnicos, si el agua subterránea supera los 150 grados centígrados y existe presión suficiente, podría alimentar turbinas para generar electricidad mediante vapor o mediante ciclos binarios, una tecnología que permite aprovechar fluidos de menor temperatura con alta eficiencia.
Convertir a Tenerife en la primera isla de España en producir electricidad a partir de geotermia no sería solo un hito simbólico, sino que representaría una diversificación real del mix energético y un avance en el proceso de descarbonización del archipiélago, alineado con los objetivos europeos de neutralidad climática.
Un laboratorio natural
Vilaflor, situado en las medianías altas de Tenerife, es uno de los municipios más elevados de España, ya que se encentra a 1.400 metros de altitud sobre el nivel del mar. Bajo su superficie se extiende un entramado geológico modelado por erupciones sucesivas vinculadas al complejo volcánico del Teide, una historia volcánica que es, precisamente, la clave de su potencial energético.
La geotermia profunda explota precisamente ese calor residual almacenado en la corteza terrestre. En territorios volcánicos activos o recientes, el gradiente térmico -el aumento de temperatura con la profundidad- puede ser considerablemente mayor que en zonas continentales estables.
Si el sondeo confirma las previsiones, el siguiente paso sería diseñar una planta piloto de generación eléctrica, aunque el proceso completo podría tardar varios años. De resultar exitoso, el proyecto abriría la puerta a una transformación estructural del sistema energético insular. En una región moldeada por volcanes, el subsuelo podría convertirse en aliado estratégico para construir un modelo energético más autónomo y sostenible.
