El mundo va más rápido que antes. O esa es, al menos, mi impresión. Es probable que sean los años. Los míos. Pero puede que no, que, efectivamente, alguien esté pisando el acelerador obviando las señales de tráfico, sin pararse a pensar en el resto de vehículos que comparten la carretera y mucho menos en los peatones. Alguien con la mentalidad de un chaval de 16 años, sin carné, que no ha abierto en su vida el código de circulación, y que se vuelve loco con un volante en la mano. Alguien como Donald Trump, que acaba de cumplir el primer año de su segundo mandato. Y que ha dejado muy claro cuál es el criterio que le impulsa a tomar decisiones: soy el puto amo.
Podemos hablar de cómo se las gasta la policía migratoria del ICE. O de sus amenazas sobre Groenlandia. O del grupo de líderes que ha reunido para reconstruir Gaza, ninguneando a los propios palestinos y a la ONU. O de la captura de Maduro y de la apropiación del petróleo de Venezuela.
Sobre este último asunto algunos analistas han puesto en duda el interés real de Estados Unidos en el petróleo venezolano, un petróleo pesado difícil de procesar. Estados Unidos es hoy el mayor productor de crudo del mundo y el tercer exportador, por detrás de Arabia Saudí y Rusia. Así que han buscado otras explicaciones. Una de ellas es Cuba. Su economía podría colapsar, dicen, si deja de llegar el petróleo de Venezuela, unos 30.000 barriles diarios. “Cuba, literalmente, está a punto de caer. Y muchos cubanoamericanos estarán muy contentos”, ha dicho Trump.
¿Y si Cuba no necesitase el petróleo de Venezuela? ¿Y si no necesitase el petróleo de ningún sitio? Hoy por hoy, la respuesta es solo una: lo necesitan. Pero pongamos las luces largas. Porque sí, es posible imaginar un escenario sin combustibles fósiles. Y es posible gracias a las energías renovables, que son capaces de cubrir el 100% de nuestras necesidades energéticas. Evidentemente, no se puede hacer de la noche a la mañana, pero cuanto antes nos pongamos en marcha, cuanto antes asumamos que la transición energética debe caminar hacia modelos basados en renovables, antes podremos olvidarnos de las amenazas de matones, de los conflictos geopolíticos y de los intereses de los más poderosos.
Las renovables son fuentes de energía autóctonas. Aquí, en Cuba y en cualquier parte del mundo. Son las más limpias y las más baratas. Pero son, además, las más justas, equitativas y democráticas. Lo que no quiere decir que con renovables todo el monte sea orégano.
España, que lleva tiempo haciendo una apuesta fuerte por las renovables, logró en 2025 un récord de producción eléctrica con energías limpias, alcanzando el 56% del total. Pero hace tiempo que nuestro país, Europa entera, desmanteló su industria de renovables y ha dejado el suministro de equipos en manos de otros países, fundamentalmente asiáticos.
Como explica Antonio de Lara en su columna de este mes, “la transición energética en la UE ya no es solo un proyecto para la lucha contra el cambio climático, sino de subsistencia como naciones libres en el nuevo contexto internacional. Ya no se trata solo de instalar generación renovable sino de asegurar a nivel europeo las cadenas de suministro de equipos del nuevo sistema energético”.
Y hace una propuesta concreta: Europa debería asumir ese compromiso “con similar urgencia a lo que se está solicitando para la defensa. Pactemos e incluso blindemos constitucionalmente este concepto ampliado de defensa europea. Esto sí es patriotismo y no política de salón”.
Pues a ello. No hay un minuto que perder. Ni aquí, ni en Cuba, ni en ningún sitio.
Luis Merino
lmerino@energias-renovables.com
