El mismo mes en el que el Mediterráneo alcanzó registros inéditos para un mes de junio, con granizo y tormentas recorriendo España, tras el mayo más cálido jamás registrado y con la desgracia de la DANA de Valencia en nuestra memoria y sin resolver, nos encontramos con dos alertas que parecen haber pasado inadvertidas y nos deben, como poco, agitar y mover a la acción.
Alerta científica. En junio, la ciencia volvió a dar la voz de alarma: la revista Earth System Science Data publicó un nuevo estudio realizado por más de 60 de los mejores científicos del mundo sobre Indicadores del Cambio Climático Global, donde a lertan de que, al ritmo actual de emisiones de gases de efecto invernadero, solo faltan tres años para mantener vivo el objetivo de 1,5ºC del Acuerdo de París.
Dicha investigación muestra que tanto los niveles como las tasas de calentamiento no tienen precedentes, y reafirma la magnitud y la rapidez con la que las emisiones van en la dirección equivocada, afectando cada vez a más a millones de personas en todo el mundo. Estos hallazgos ponen de manifiesto cómo las políticas climáticas y el ritmo de la acción climática no están a la altura de lo necesario para abordar los impactos que cada vez son mayores.
Alerta nuclear. La nuclear, propiedad de Endesa e Iberdrola, qué pactó ella misma con el Gobierno el calendario de cierre, reaparece en escena, consiguiendo pasar a trámite en el Congreso una propuesta de ley para extender su vida útil.
La gravedad del discurso nuclear radica no ya en el desvergonzado oportunismo lleno de mentiras que hemos vivido tras el apagón, donde no sirvieron para absolutamente nada, sino en vestir de interés público una falsa necesidad. Detrás se esconde un único interés: el beneficio económico, a costa de socializar los cuantiosos costes mil millonarios entre la ciudadanía. Un chollo para sus dueños, eso sí, siempre que la factura la paguemos nosotros.
Un breve recordatorio de lo que NO son las nucleares:
• NO son limpias: emiten radiactividad y/o CO2 durante todo su ciclo y generan residuos radiactivos que duran milenios.
• NO son seguras: ni en sí mismas (baste recordar Chernobyl o Fukushima, los conflictos geopolíticos que provocan, o el peligro que representan como blanco de guerra).
• NO son baratas: no son competitivas, su coste real es muy superior a la solar o a la eólica; la gestión de sus residuos ya acumula un déficit de más de 10.697 millones; prolongar su vida útil tendría elevadísimos costes.
• NO nos independizan energéticamente: dependen totalmente de los concentrados de uranio, cuya minería, procesado y enriquecimiento es importado en más del 80% de países de la órbita rusa.
• NO son compatibles con las renovables: por su inflexibilidad compite con las renovables, impidiendo su necesario despliegue y generación (curtailments).
• NO impiden apagones ni ayudan a superarlos: con su lenta capacidad de respuesta la nuclear demostró su incapacidad para impedir o resolver el apagón, tardando más de una semana en recuperar la normalidad.
En este contexto en el que cada fracción de grado de temperatura importa y marcará la diferencia entre la sostenibilidad de nuestra vida o el caos climático, donde las causas del apagón empiezan a dilucidarse (apuntando a un fallo múltiple liderado por el fallo de los sistemas de control de seguridad de las centrales de gas), habría que preguntarse ¿quién dicta la política energética del país? ¿Quién se lo llevará realmente crudo si no ponemos fin a la emisión de gases impidiendo los peores impactos del cambio climático?
Se nos agota el presupuesto de carbono, y con él el margen de tiempo para evitar un cambio climático desastroso. No hay debate más urgente ni condicionante mayor para la política energética. No hay tiempo que perder en falsas soluciones. Todos los esfuerzos deben concentrarse en las soluciones que permitan dejar de usar combustibles fósiles a gran velocidad y escala y a bajo coste. La solución está en el título de esta revista.
