Desgraciadamente, la vivienda copa nuestras conversaciones porque supone una angustia colectiva que nos asfixia. Ideologías aparte, crecimos confiadas en que acceder a un hogar digno sería un rito natural, un derecho humano blindado. Pero la inacción política de décadas nos ha devuelto una realidad brutal: la financiarización de la vivienda. Lo que debería ser un refugio es hoy un activo especulativo regido por un modelo que destruye nuestro bienestar. Ciudades robadas por la especulación, familias expulsadas o atrapadas en alquileres precarios. El problema se hace inaguantable.
¿Hasta dónde vamos a permitir como sociedad que este modelo perverso devore este derecho humano básico?
El drama no acaba en el acceso. En tu casa convergen problemas que atenazan al planeta. Vivimos en un parque inmobiliario que es un vestigio del siglo pasado: casas viejas, mal aisladas, convertidas en "bombas climáticas" que devoran energía fósil, vacían nuestros bolsillos y nos exponen a frío y calor extremos, que incluso se cobran vidas.
La soberanía energética de un país rico en sol y viento está secuestrada por intereses especulativos que nos mantienen dependientes de oligopolios, en lugar de transformar nuestros edificios en generadores netos de energía limpia y gratuita.
Es evidente que este modelo no funciona: una casa no son solo cuatro ladrillos o un mero producto financiero. Urge recuperar su función social y dar un giro radical para:
1. Resignificar la palabra "digna": no basta con meter más casas
en el mercado. Debemos abordar la calidad integral: salud, seguridad, funcionalidad, resiliencia y belleza como derechos, no como privilegios. Y urge corregir el desequilibrio territorial que asfixia las ciudades mientras mata a los pueblos y sus ecosistemas.
2. Garantizar por ley: las personas deben ir por delante de la avaricia. Necesitamos un marco legal que garantice que nadie elija entre comer o calentar su casa, fomentando espacios sostenibles que no arruinen a la gente ni al planeta. Proteger el derecho es hacerlo efectivo, no solo mencionarlo en mítines.
Si no queremos sufrir más DANAs, incendios de sexta generación o tormentas extremas, hay que actuar sobre sus causas (los combustibles fósiles que generan el cambio climático) y prestar atención a la energía que se consume tanto para construir como para mantener las viviendas. Urge rehabilitar lo que tenemos en vez de construir más, para no agotar un presupuesto de carbono que no nos sobra. Sería una irresponsabilidad climática. La prioridad absoluta debe ser rehabilitar para dignificar.
Rehabilitar es la herramienta más potente para lograr tres objetivos: generar empleo verde, bajar las facturas y reducir emisiones. Es la única vía real hacia la soberanía energética. No es un debate académico, es una urgencia social dramática.
Febrero y marzo serán determinantes. En febrero, la Semana Europea de Lucha contra la Pobreza Energética sacará a la luz nuestras cifras de la vergüenza. En marzo, toda Europa se movilizará reclamando un acceso justo a una vivienda digna.
Estamos en un punto de inflexión. Gobierne quien gobierne, la vivienda no es un tema de partidos, es una crisis de derechos humanos. No necesitamos parches ni prórrogas; necesitamos política real, permanente y con visión de país que genere justicia social y climática.
Es hora de definir qué modelo de vivienda queremos. Es hora de abrir el debate, recuperar derechos y ampliarlos. No solo a cuatro ladrillos, sino a una calidad de vida con impacto positivo en nuestras vidas y entorno. Viviendas para todas, pero DIGNAS, en mayúsculas. Es hora de garantizar nuestro derecho a vivir.
