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Alberto Garzón pide una transición verde que no externalice su coste ambiental en zonas de sacrificio

El exministro de Consumo, Alberto Garzón, publica 'La guerra por la energía' (Península, 2026), un ensayo en el que conecta ecología, economía y geopolítica para advertir de que la transición energética debe ir acompañada de justicia social y responsabilidad material. En su último libro, Garzón señala que la electrificación de la economía no puede construirse a costa de trasladar los impactos ambientales y mineros a territorios lejanos, por lo que apuesta por una minería regulada en Europa que asuma los límites ecológicos para redistribuir costes y beneficios.
Alberto Garzón pide una transición verde que no externalice su coste ambiental en zonas de sacrificio
El exministro de Consumo, Alberto Garzón. ER/Manuel Moncada

¿Es el primer libro que escribes centrado en la transición ecológica?
En anteriores trabajos había introducido estos elementos, pero de forma accesoria. Este es el primero que pretende ofrecer una herramienta para entender lo que está ocurriendo en la interfaz entre ecología, economía y geopolítica. Soy economista de formación, especializado en economía ecológica, y el libro es interdisciplinar: dialoga con la física, la antropología o la historia del pensamiento económico. Creo que ofrece un abanico útil para comprender el mundo que tenemos por delante.

Planteas recuperar una economía de abastecimiento social y reconectar economía y ecología. ¿Qué pregunta incómoda obligaría ese enfoque a hacerse a un Ministerio de Economía?
El problema es que muchas generaciones de economistas han sido formadas sin apenas referencia a los límites ecológicos. Sus modelos no incorporaban ni la energía ni los recursos materiales como factores centrales del proceso económico. Cuando en los años setenta apareció el informe sobre los límites del crecimiento, muchos economistas lo rechazaron porque sus modelos ni siquiera contemplaban la escasez de recursos. Esa herencia persiste. En estructuras como el Estado, muchos economistas siguen pensando la economía como algo separado del sistema Tierra, cuando en realidad es un subsistema dependiente de él.

Sostienes que ningún progreso puede ignorar los límites planetarios. ¿Qué mito de progreso cree que hoy oculta más costes?
La idea de que el consumo es neutral. Cuando alguien compra un producto en un supermercado, detrás hay relaciones laborales, sociales, ecológicas y políticas invisibles. Hay consumo de agua, contaminación, uso intensivo de trabajo mal remunerado. Muchos productos son baratos porque no incorporan los costes ambientales o geopolíticos asociados, como la quema de combustibles fósiles o el transporte global. El libro intenta visibilizar que estamos insertos en una red que es social y también ecológica.

En el libro dices que toda sociedad tiene un presupuesto energético que delimita lo posible. ¿Qué políticas viven hoy fuera de ese perímetro?
Durante 300.000 años dependimos esencialmente de la energía solar, directa o indirectamente. Desde hace apenas 250 años vivimos una anomalía: explotamos combustibles fósiles acumulados durante millones de años. Eso nos permitió mejorar radicalmente las condiciones de vida, pero es una herencia finita que estamos dilapidando. Las políticas que no asuman que esa base es insostenible están fuera del perímetro. El reto es sustituir los fósiles por renovables manteniendo las condiciones de vida conquistadas. Si no lo hacemos, retrocederemos hacia sociedades agrarias.

¿Cómo valoras el avance de la transición energética en España?
Es muy positivo. Hace veinte años era impensable el despliegue actual de renovables. En conjunto salimos ganando al reducir la dependencia de combustibles fósiles. Ahora bien, para que sea justa hacen falta decisiones políticas: dónde se instalan los proyectos, quién se beneficia, cómo se compensa a los afectados. El diseño importa.

¿Qué papel atribuyes a la energía nuclear en este contexto de transición?
Construir nuevas centrales es extremadamente caro y lento. Ante la urgencia climática, las renovables son más rápidas y baratas. Pero las nucleares ya existentes pueden mantenerse mientras sean seguras. No construiría nuevas, pero aprovecharía las ya operativas mientras se despliega un horizonte 100% renovable.

¿Qué medidas concretas permitirían reducir la pobreza energética?
Garantizar mínimos de necesidades básicas cubiertas, como hacemos con sanidad y educación. La energía y la vivienda son esenciales para la autonomía y la dignidad. Si no se aborda la pobreza energética, la transición será percibida como un proyecto tecnocrático y no contará con respaldo social.

¿La agenda climática corre el riesgo de quedar eclipsada por la geopolítica?
La política climática es ya política industrial y geopolítica. La producción masiva de paneles solares en China, por ejemplo, facilita la transición en otros países. El problema es el debilitamiento del sistema multilateral. Pero la transición energética sigue en el centro de la competencia global.

La transición renovable es también una transición minera. ¿Cuál es el riesgo político más infravalorado?
El caso de la República Democrática del Congo es paradigmático: concentra el 70% de las reservas de cobalto, clave para baterías. Los acuerdos comerciales que aseguran su explotación son también acuerdos geopolíticos. Existe competencia entre potencias, como Estados Unidos y China, por el control de minerales críticos. Y en muchos casos la extracción se realiza en condiciones precarias, incluso con trabajo infantil. La demanda de bienestar material en Occidente está conectada con esas realidades.

En España se defiende la electrificación, pero se rechaza la minería. ¿Seguiremos externalizando el coste ambiental?
La reflexión la has hecho tú. Es un debate real. Europa es importadora neta de muchos minerales críticos y las llamadas "zonas de sacrificio" suelen estar fuera. Eso es injusto. Una perspectiva ecologista pragmática debe aceptar cierta minería con condiciones estrictas y parámetros claros. Pero la transición solo es viable si combina renovables con reducción del consumo de energía y materiales. Transición sin decrecimiento abre más minas para sostener un consumo desbocado; decrecimiento sin transición nos deja sin base energética.

¿Cómo se defiende el decrecimiento en una sociedad que asocia crecer con algo positivo?
El decrecimiento significa reducir el consumo de recursos y energía para adaptarlo a los límites planetarios. Prefiero hablar de ecosocialismo que de decrecimiento porque expresa mejor la idea. No se trata de reducir todo indiscriminadamente, sino de planificar democráticamente: aumentar sectores como sanidad, educación o transporte público y reducir otros como los vuelos privados. La felicidad no depende linealmente de la renta, sino del tiempo disponible y de tener necesidades satisfechas. La economía debe estar al servicio de la vida.

¿Cómo impulsar una revolución verde sin generar una crisis como la de los chalecos amarillos en Francia?
Toda transición tiene ganadores y perdedores, y a los perdedores hay que compensarlos. No se puede imponer costes a sectores vulnerables mientras se mantienen privilegios en otros. Hace falta pedagogía y coherencia política.

Si mañana volvieras al Consejo de Ministros con mayoría suficiente, ¿qué haría?
Acelerar la transición energética. Cada inversión en eficiencia y renovables hoy es ahorro económico y geopolítico mañana. Reducir la dependencia de fósiles implica menos vulnerabilidad ante chantajes externos. En este ámbito, cuanto antes y más rápido, mejor.

Todos podemos ser el cambio que queremos ver en el mundo ¿Tiene Alberto Garzón autoconsumo en su casa?
Vivo en la comunidad de vecinos que ha impulsado la mayor comunidad energética de España, en Rivas Vaciamadrid, llamada Pablo Renovable. Aunque no soy uno de los impulsores, sino un vecino más que participa en el proyecto.

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