España quiere más electrificación, más industria y más digitalización. Eso exige cables, subestaciones y capacidad de conexión antes que megavatios adicionales sobre el papel. Endesa -que cotiza en el Ibex 35, tiene activos en Iberia y está sujeta a la regulación española, pero su principal accionista es la italiana Enel, que controla alrededor del 70% del capital- ha decidido que su gran apuesta no es solo producir energía, sino garantizar que fluya. En un sistema eléctrico cada vez más complejo, la red deja de ser infraestructura invisible para convertirse en el verdadero motor del crecimiento.
La decisión de la energética no es casual, ya que la infraestructura está saturada. Según los datos de Endesa, esa saturación alcanza el 88% en el conjunto de España y hasta el 94% en las zonas donde opera la compañía. Más aún: en 2025, la empresa solo pudo autorizar el 18% de las solicitudes de conexión recibidas, que sumaban 26.000 MW, el doble del pico de demanda de su red. Detrás de esos números hay industrias que quieren electrificarse, centros de datos en expansión y proyectos renovables esperando un enchufe.
La inversión en redes, sin embargo, está condicionada a la aprobación de un Real Decreto que permita superar los actuales límites regulatorios y reconocer el 100% de las inversiones. Si sale adelante, el impacto será estructural, ya que el 80% de ese esfuerzo pasará a formar parte de la base de activos regulados, que crecerá un 13%, hasta los 13.000 millones en 2028. En términos económicos, supone trasladar capital a un negocio con ingresos estables y predecibles, reforzando la visibilidad financiera en un entorno volátil.
Y el contexto acompaña. Endesa prevé que la demanda eléctrica en España alcance los 315 TWh en 2030, frente a los 269 TWh estimados al cierre de 2025, impulsada por la electrificación del transporte, la industria y los edificios, y por el tirón de los centros de datos, que podrían absorber el 5% del consumo nacional al final de la década. Sin redes robustas, ese crecimiento simplemente no se materializa.
Generación verde
El 80% del plan inversor total se concentrará en redes y renovables, que suman 8.500 millones. En generación verde, la compañía destinará 3.000 millones, con un enfoque más selectivo y orientado a eólica y almacenamiento. Prevén añadir 1.900 MW hasta 2028, de los que 1.500 MW corresponderán a eólica y baterías. La estrategia busca equilibrar el mix, mejorar la rentabilidad y ofrecer perfiles de producción más estables, especialmente relevantes para grandes consumidores.
Por otro lado, el músculo financiero respalda la ambición. En 2025, Endesa obtuvo un beneficio ordinario neto de 2.351 millones de euros, un 18% más que en el anterior ejercicio, y un ebitda de 5.756 millones, un 9% superior. El flujo libre de caja alcanzó los 4.100 millones, lo que permitió financiar buena parte de las inversiones, sostener un dividendo al alza —1,58 euros por acción, un 20% más— y mantener el apalancamiento en 1,8 veces ebitda.
El cierre nuclear
En paralelo, Endesa -que participa activamente en la explotación de cinco de las siete centrales nucleares operativas en España, cubriendo una parte significativa de su mix energético a través de participaciones en Ascó, Vandellós, Almaraz y Trillo- insiste, como no podría ser de otra manera, en revisar el calendario de cierre nuclear pactado en 2019 ante los retrasos en los objetivos de eólica y almacenamiento del Pniec.
Su planteamiento es que sustituir el perfil de generación nuclear por un mix de solar, baterías y gas "duplicaría el coste en igualdad fiscal". Por ello, su petición de prórroga para los reactores de Almaraz hasta 2030 ya está sobre la mesa.
