La investigación evalúa, por primera vez, el papel del Atlántico Norte en la precipitación extrema asociada al evento de la DANA de Valencia de octubre de 2024, donde dejó una huella devastadora. En algunas zonas, como Turís, se llegaron a registrar más de 700 litros por metro cuadrado en 24 horas; es decir, en solo un día cayó más agua que la media de precipitación en la España peninsular en todo un año. Esto produjo inundaciones catastróficas y el desastre causó más de 200 muertes, además de daños por miles de millones de euros.
El estudio liderado por investigadores del Departamento de Ciencias de la Tierra del BSC-CNS ayuda a entender mejor por qué aquel episodio fue tan extremo. El trabajo concluye que las altas temperaturas del mar Mediterráneo desempeñaron un papel clave en la intensidad de las lluvias, pero señala que el Atlántico Norte también estaba excepcionalmente cálido en esas fechas, lo que favoreció una mayor disponibilidad de humedad y unas condiciones más favorables para que el episodio se desarrollara con tanta intensidad sobre Valencia.
Para analizar cómo las temperaturas anormalmente elevadas del mar influyeron en la cantidad de lluvia caída en Valencia, el equipo del BSC utilizó el superordenador MareNostrum 5 para generar simulaciones en alta resolución de la atmósfera del planeta. Se compararon distintos escenarios en los que se confrontaban las temperaturas reales observadas con las habituales en esa época del año. Según el estudio, la precipitación del día del evento habría sido hasta un 40 % menor si no se hubiesen registrado esas temperaturas superficiales del mar inusualmente altas en el Mediterráneo y en el Atlántico Norte. En el caso concreto del Atlántico Norte, su contribución elevó la intensidad del episodio en un 15%.
La importancia de este estudio va más allá de explicar un caso concreto ya que refuerza una idea clave: aunque los impactos del cambio climático se manifiesten localmente, los procesos que los desencadenan y alimentan pueden tener un alcance mucho más amplio. Lo ocurrido en Valencia no dependió solo de condiciones atmosféricas locales o del calentamiento del mar frente a sus costas, sino también de un contexto oceánico más extenso, conectado a escala regional y global.
"Este trabajo muestra que, para entender por qué un episodio extremo llega a ser tan devastador, no basta con mirar únicamente lo que ocurre en el territorio afectado: el estado del océano, incluso a gran distancia, puede marcar una diferencia decisiva en la magnitud del impacto", comenta Ramiro Saurral, autor principal del estudio e investigador del grupo Variabilidad y Cambio Climático del BSC.
Este enfoque ayuda a comprender mejor cómo interactúan el océano y la atmósfera y a mejorar la anticipación de episodios extremos con graves consecuencias para la población, las infraestructuras, la movilidad, los servicios de emergencia y la planificación territorial. En un contexto de cambio climático, disponer de herramientas capaces de representar esas conexiones a gran escala será cada vez más importante para evaluar los riesgos, proporcionar alertas
