Nuestro sector eléctrico tiene, en no pocas ocasiones, algo de cainita, de “pisarse el cable entre electricistas”, nos falta conexión. Cada tecnología de generación procura incrementar o mantener su cuota de mercado y, para ello, ensalza sus virtudes y escamotea las deficiencias de su tipología de generación, una política de comunicación lógica y coherente con la legítima defensa de los intereses de cada subsector.
Pero, algunas veces, las palabras, los argumentos, van más allá de loas a mayor gloria del noble, inmaculado y simpar origen de los kWh a los que representan y, como ocurrió durante el gran apagón, en medio de la oscuridad, en la confusión social, brilla alguna afilada daga que procura rasgar con descredito la imagen de aquellos kWh con los que se disputa precio y mercado.
Estas diferencias soterradas se palpan entre tecnologías “clásicas” y disruptivas, entre fósiles y renovables, entre las propias renovables e, incluso, dentro de la misma fotovoltaica; todo ello a través del uso de diversas y sencillas etiquetas: Limpias, sucias o lavadas; firmes o intermitentes; baratas o caras; centralizadas o distribuidas; autóctonas o dependientes del exterior… toda una fiesta de calificativos a la que ahora se incorpora otro elemento discriminador: síncronas y asíncronas.
Quizá, esta lucha dialéctica sobre fortalezas y debilidades propias y ajenas permita una mejor toma de decisiones a las administraciones, que han de incentivar o penalizar unas u otras fuentes de producción a través de las diferentes políticas energéticas. Al consumidor le llega un eco lejano, una simplificación de las realidades –buscada por los emisores– y, en función de los entornos y de los medios de comunicación en los que se propagan unos u otros mensajes, se caracterizan las distintas fuentes de generación llegándose, incluso, a una estrambótica politización de las tecnologías, que ahora pueden ser “de derechas” o “de izquierdas”.
Si nos creemos el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima, si asumimos la transición ecológica-energética, si hay un rumbo coherente marcado en Europa y España que va a transformar de forma indefectible y progresiva nuestro mix, también deberíamos contar con una mayor comunión entre los variados actores de la cadena. En este sentido, impulsar entre todos la electrificación ensancharía un mercado en el que todas las modalidades tienen su sitio, su función, su recorrido y su volumen de negocio, una tarea que debería ser urgente y en la que el sector eléctrico parece que está fracasando.
En este ecosistema, el “pez chico”, el sector eléctrico, tardará mucho más tiempo en crecer y conseguir la fortaleza que se precisa para alcanzar al “pez grande”, el sector del gas y el petróleo. La preocupante ausencia del incremento de la electrificación de los consumos energéticos se ha convertido en el gran obstáculo para una transición energética efectiva; la constante penetración de instalaciones de producción eléctrica/renovable está constituyendo una oferta desmesurada frente a una demanda pobre y, con ello, un hundimiento de los precios horarios de los kWh diurnos, que ha colocado a los productores renovables en una situación de alarma. Una mayor cohesión sectorial para, al menos, promocionar las bondades del consumo de energía eléctrica en cada ámbito productivo de nuestra economía sería deseable; pero solo un pequeño grupo de organizaciones ha intentado de forma conjunta, aunque con recursos muy limitados, el fomento del consumo de kWh con independencia de su procedencia.
Al final, es a los responsables en materia energética del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico a los que les toca la muy difícil tarea de, procurando lo mejor para el país, actuar como árbitro en este complejo juego de intereses e impulsar la electrificación, una labor compleja, cuyo éxito o fracaso se verificará a largo plazo, por suerte o por desgracia para los que asumen tan elevada responsabilidad.
