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La eólica marina en EEUU, rehén de los memes de Trump

En medio de una batalla regulatoria contra los aerogeneradores marinos que ha acabado en los juzgados, la cruzada de Donald Trump contra la eólica marina acaba de entrar en la fangosa trinchera del meme (afirmaciones rotundas y ridículas que buscan la simplificación viral) tras su bochornosa intervención en el Foro Económico Mundial de Davos (Suiza), en la que el presidente Trump se ha mofado de los europeos por su dependencia del viento para obtener electricidad: “China ni siquiera usa eólica” o “Cuantos más aerogeneradores tiene un país, peor le va”, son algunos de los bulos difundidos por el presidente estadounidense, que incluso ha llegado a calificar de “estúpidos” a quienes los compran.
La eólica marina en EEUU, rehén de los memes de Trump

La campaña de Donald Trump contra la energía eólica marina no es solo ruido, ya que su Administración ha ordenado detener los trabajos de construcción en diversos megaparques offshore apelando a supuestos riesgos de seguridad nacional e incluso exhibiendo una poco creíble preocupación por la biodiversidad marina, una decisión que ha supuesto el primer disparo de una batalla judicial que ya está perdiendo.

En paralelo, el presidente se ha encargado de llenar el debate público de “argumentos-meme” realmente groseros que eclipsan lo esencial: proyectos estratégicos como Vineyard Wind 1 han logrado medidas cautelares para seguir, pero la incertidumbre amenaza con enfriar inversiones, encarecer financiación y retrasar una infraestructura energética clave para la costa Este de Estados Unidos.

Davos 2026 como altavoz del bulo
La edición de 2026 del Foro Económico Mundial de Davos, ha estado marcada por las incendiarias declaraciones del presidente de Estados Unidos, que ha vuelto a disparar contra la energía eólica con una mezcla explosiva de descalificación y eslóganes baratos que dibuja un escenario alejado de la realidad.

El histriónico mandatario ha presentado los aerogeneradores como “un fracaso”, difundido la idea de que “cuantos más tiene un país, peor le va”, y afirmado que “China fabrica la mayoría y ni siquiera usa eólica”. Y para rematar, ha venido a Europa para tildar de “estúpidos” a quienes los compran. Pero vayamos al dato.

Según el último informe de Ember, las energías renovables proporcionaron casi la mitad de la electricidad de la UE (48%). De todas ellas, la energía eólica se mantuvo como la segunda fuente de electricidad más grande de la UE con un 17%, superando al gas. En lo que respecta a España, las energías eólica y solar generaron el 42% de la electricidad en 2025.

El problema no es solo el tono al que nos tiene acostumbrados el líder republicano, sino que vivimos en una era en la que el titular llamativo viaja más rápido que el dato, y eso juega a favor de la mentira. En este contexto, la sustitución del análisis serio por el bulo justo cuando la eólica -y especialmente la eólica marina- se juega miles de millones en inversión, permisos, cadenas de suministro y seguridad energética en Estados Unidos, no puede ser más desafortunado.

El meme frente al dato
A partir de la información disponible, hay dos planos que conviene separar para no caer en la trampa del ruido: lo que se dice (los supuestos “bulos” o simplificaciones) y lo que se hace (decisiones administrativas concretas que sí cambian el tablero). Y eso es precisamente lo que ha hecho la Asociación Empresarial Eólica (AEE), que ha desmontado, una por una, las mentiras eólicas de Trump.

“La eólica es un fracaso” vs. competitividad y costes
La pieza central del ataque (“fracaso”) choca con un hecho básico: hoy la eólica figura entre las tecnologías más competitivas del sistema eléctrico. Los costes nivelados de generación (LCOE) la sitúan como una de las fuentes más baratas en gran parte del mundo, lo que la convierte en una herramienta práctica para contener precios, reducir volatilidad y reforzar seguridad energética. En otras palabras: si esto es un “fracaso”, es un fracaso que abarata la electricidad y reduce dependencia exterior, que es una forma bastante peculiar de perder.

“Cuanta más eólica, peor le va al país” vs. resiliencia económica
La tesis de que desplegar eólica deteriora la economía tampoco se sostiene con la lógica que aportan los ejemplos citados: países con alta penetración eólica (como España, Alemania o Dinamarca) no han perdido competitividad por ello; han ganado resiliencia, reduciendo importaciones energéticas y creando empleo industrial. La idea de “más aerogeneradores = peor país” suena contundente en un atril, pero en el mundo real suele funcionar al revés: menos importaciones de combustibles suele significar menos vulnerabilidad.

“China fabrica pero no usa eólica” vs. despliegue masivo
Aquí el contraste es directo: China no solo fabrica, también despliega a gran escala. Según la información aportada, es el país con mayor capacidad instalada eólica del mundo, tanto en tierra como en mar, y sigue impulsando su crecimiento dentro de su política energética (dato ampliamente documentado por fuentes internacionales, incluida Reuters, según el texto). Es decir: el argumento pretende pintar a China como fabricante cínico de “chatarra para otros”, cuando la realidad descrita es que el propio país la utiliza masivamente.

El comodín de las aves: impacto real y contexto
El argumento sobre mortalidad de aves es uno de esos clásicos que se repiten porque funciona emocionalmente. Pero requiere escala: algunas estimaciones citadas indican que las muertes atribuibles a turbinas pueden constituir menos del 0,01% del total de muertes de aves causadas por actividad humana, muy por debajo de otras causas como colisiones con edificios, tendidos eléctricos o depredación por gatos domésticos. Traducido: hay impacto ambiental, sí; pero no es la causa dominante y, por tanto, el debate serio va de mitigación y diseño, no de caricatura.

Por eso conviene insistir en una idea básica: La eólica no es ideología, es infraestructura energética moderna. Las renovables, incluida la eólica, forman parte de la infraestructura crítica necesaria para descarbonizar sistemas eléctricos, reforzar la seguridad energética y avanzar hacia metas climáticas, con una comprensión franca de sus retos ambientales y soluciones basadas en evidencia. Así lo recogen organismos como la Agencia Internacional de la Energía, IRENA o el propio Foro Económico Mundial.

En un contexto de transición energética y tensiones geopolíticas, el debate necesita menos eslóganes y un análisis más riguroso porque la energía del futuro no se construye con titulares o votos, sino con datos. Por lo tanto, las cifras demuestran que Trump es un mentiroso o un ignorante, algo muy peligroso tratándose del presidente de la primera potencia mundial.

De las palabras a los hechos: la suspensión de proyectos
Más allá de los exabruptos de Trump, lo que realmente mueve el dinero y los calendarios son sus famosos decretos, firmados con gran pompa y circunstancia en el Despacho Oval. Lo que realmente hiere el desarrollo de la transición energética en uno de los países que más contribuye al cambio climático es la decisión del Gobierno de detener las obras en cinco concesiones de eólica marina a gran escala en construcción.

Según el comunicado del Departamento del Interior de Estados Unidos, la suspensión se justifica por “riesgos para la seguridad nacional” identificados por el Departamento de Guerra de Estados Unidos en informes clasificados “recientemente completados”.

La medida ha sido presentada como inmediata y preventiva para “dar tiempo para trabajar con arrendatarios y socios estatales”, pero con un mensaje político subrayado por el secretario del Interior, Doug Burgum: prioridad absoluta a la seguridad, riesgos emergentes y vulnerabilidades por proyectos cercanos a centros de población de la costa Este.

Estos son los grandes proyectos afectados:

  • Vineyard Wind 1, el mayor parque eólico marino de Estados Unidos (806 MW), participado al 50% por Iberdrola a través de Avangrid, y por Copenhagen Infrastructure Partners.
  • Revolution Wind (704 MW) de Ørsted.
  • Sunrise Wind (924 MW).
  • Coastal Virginia Offshore Wind (2.600 MW).
  • Empire Wind 1 (810 MW) de Equinor.

Más allá del debate técnico sobre "seguridad nacional", lo relevante es el patrón: permisos, concesiones y obra civil se convierten en un campo de batalla regulatorio. Para la eólica marina, eso es casi peor que un "no" explícito: la incertidumbre encarece financiación, paraliza proveedores y siembra dudas en estados y utilities.

Vineyard Wind 1: un gigante casi terminado que acaba en los tribunales
Vineyard Wind 1 aparece en el relato como el mayor parque eólico marino de Estados Unidos: 806 MW y 62 aerogeneradores. Está frente a la costa de Massachusetts, y se describe como capaz de abastecer a más de 400.000 hogares y empresas de la mancomunidad.

La inversión ronda los 3.000 millones de dólares, respaldada por contratos con las principales eléctricas del estado. En términos tecnológicos, está compuesto por aerogeneradores GE Haliade-X de hasta 13 MW, lo que subraya la magnitud industrial del proyecto, por lo que esto no es “una granja de molinillos” como los describe trump, es infraestructura crítica para la generación renovable en la Costa Este.

Suspensión y ofensiva judicial
La orden de suspensión del parque fue emitida el pasado 22 de diciembre por la Oficina de Gestión de Energía Oceánica (BOEM), decisión ante la que Iberdrola (a través de Avangrid) y la danesa Copenhagen Infrastructure Partners solicitaron en un tribunal federal una orden para frenar la suspensión, alegando falta de base legal y vulneración de normativa vigente.

Ambas empresas advirtieron de “daños graves e irreparables” al proyecto y a comunidades que dependen de esa capacidad renovable. Hay un detalle clave que cambia el tono dramático del “parón”, ya que el propio proyecto indica que la afectación práctica es limitada porque el parque ya está muy avanzado (95% completado) y produciendo energía, quedando un remate final, ya que solo faltaban 2 de sus 62 aerogeneradores por instalar.

Este tipo de cifras no solo importan por precisión; importan porque explican por qué el conflicto acaba en tribunales. Cuando una empresa ha invertido miles de millones de dólares y se encuentra prácticamente en la línea de meta del proyecto, detenerlo ya no es “política energética”, sino un choque frontal en toda regla con contratos, empleo y suministro eléctrico en juego.

Giro en los tribunales
Según la información aportada, varios tribunales federales concedieron medidas cautelares a proyectos afectados, debilitando la estrategia de paralización impulsada desde la Casa Blanca. En el caso de Vineyard Wind 1, un juzgado del distrito de Massachusetts ha concedido la cautelar, dando vía libre para continuar construcción, puesta en marcha y producción “inmediatamente”, mientras la compañía seguía dialogando con la Administración para una “resolución rápida y permanente”.

Esto dibuja una dinámica interesante: el Ejecutivo intenta frenar, los promotores litigan y los jueces permiten seguir (al menos de forma provisional). Un bucle que puede repetirse proyecto a proyecto, con desgaste institucional y económico para todos los actores implicados.

Iberdrola y el "realismo" empresarial
La ofensiva regulatoria no se limita a obras en marcha, ya que en septiembre del año pasado se retiró por orden gubernamental la autorización para construir dos proyectos eólicos marinos de Iberdrola (New England Wind 1 y New England Wind 2) aunque no estaban iniciados.

Ese matiz es crucial, ya que parar algo sobre el papel es más fácil políticamente y menos costoso judicialmente que detener lo que ya está produciendo electricidad, como es el caso de Vineyard Wind 1. Ante este clima de agitación e incertidumbre política, el presidente de Iberdrola, Ignacio Sánchez Galán, ha adoptado un discurso de contención.

A su parecer, aunque se podría hacer más y mejor en el campo de las renovables en EE. UU., entiende que hay que ser “realistas” con la oposición del Gobierno. En este contexto, el presidente de la energética mantiene un enfoque “prudente” en eólica marina, es decir, seguir adelante solo si las condiciones aseguran rentabilidad, priorizando marcos regulatorios estables, precios asegurados y gestión de cadena de suministro.

Es el tipo de lenguaje que significa: “nos interesa, pero no vamos a jugar a la ruleta rusa”. Además de en Estados Unidos, el grupo tiene en construcción dos parques más en el Reino Unido (East Anglia 3 y East Anglia 2, previstos para 2026 y 2028, y otro en Alemania, Windanker, cuya finalización está prevista para 2028.

De esta manera, Iberdrola prevé que su participación en futuras subastas 'offshore' seguirá estando limitada a marcos regulatorios que ofrezcan "un retorno adecuado".

Galán señala que este nuevo plan "conservador" permite a la compañía mantener "los pilares del modelo que inició hace 25 años y también la visión", al mismo tiempo que el grupo se "adelanta a los profundos cambios en el sector energético".

"Mantenemos también nuestro habitual enfoque conservador con hipótesis macroeconómicas prudentes y dejando un claro potencial al alza si se materializan las previsiones de electrificación y crecimiento de la demanda, lo que llevaría a unos precios energéticos mayores que los contemplados en nuestro escenario", asegura.

Lo que está en juego bajo los eslóganes
La reflexión que subyace tras el análisis reposado de los bulos trumpistas es que la eólica no es ideología, sino infraestructura energética moderna. Eso no quita que la eólica marina sea más cara, lenta y compleja de desarrollar, que otras tecnologías.

Los permisos federales y estatales, la logística portuaria, los barcos especializados, las cadenas de suministro globales y los contratos de largo plazo tampoco son sencillos, pero precisamente por eso, la política de parones, revisiones y amenazas tiene un efecto multiplicador devastador, porque no solo retrasa megavatios verdes, sino que también encarece el capital y reduce apetito inversor en el tiempo de descuento de la década decisiva.

Al mismo tiempo, reducir la discusión a los memes trumpistas saca lo esencial de la ecuación: en un contexto de transición energética y tensiones geopolíticas, las renovables se han convertido en infraestructuras críticas para descarbonizar, reforzar seguridad y autonomía energéticas, y para cumplir metas climáticas, con retos ambientales que requieren soluciones basadas en evidencia, no en los bulos.

Esa es la lógica que defiende organismos muy poco sospechosos de ser “woke” o de “extrema izquierda” como la Agencia Internacional de la Energía, IRENA. En resumen, el último número circense protagonizado por el presidente Trump en Davos resume un fenómeno de nuestra era: el populismo necesita villanos simples y la infraestructura energética es cualquier cosa menos simple.

Cuando el villano es la eólica marina, el choque ya no es retórico, porque se mide en megavatios que entran tarde, en pleitos y en incertidumbre regulatoria. ¿Y quién paga el coste de esa incertidumbre? El planeta y sus habitantes.

 

• Este reportaje está publicado en la edición ER248 de la revista en papel de Energías Renovables que puedes descargar gratis en PDF en este enlace


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